sábado, 7 de enero de 2012

En la ruta de Babel

Un elefante rosado colgaba de uno de los travesaños del segundo piso del barco. Apenas instalado tras zarpar del puerto de Leticia, me extendí sobre mi hamaca y mis ojos permanecieron fijos en el paquidermo. Un caballero de sombrero negro texano, crucifijo de plata y pepita de diamante en la oreja, lo había colgado encima de su puesto. Cerré los ojos.

A las 4 de la tarde de ese miércoles me puse en la fila ordenada para tomar la cena. Balbuceé cualquier cosa. Antes de seguir desvariando en portugués, el hombre a quien hablaba supo entenderse en claro español. Carlos era oriundo de Lima y venía de realizar algún negocio en Iquitos para de ahí retornar a Guyana, su lugar de residencia. Desde Manaos tomaría la carretera transamazónica que va hasta Boa Vista, una ciudad trazada a imagen de París, en el estado fronterizo de Roraima, debajo de Venezuela. Me contó cómo había llegado diez años atrás a esa esquina suramericana, un remoto paraje reservado para militares y funcionarios franceses, además de algunos recursivos negociantes. Tal como había escuchado en Leticia, verifiqué con Carlos la historia aquella de que los peruanos son los más activos comerciantes del Amazonas.

Leyendo mi curiosidad, me informó que los haitianos que nos acompañaban en la fila y de quienes supe en el puerto colombiano que habían llegado a Brasil por obra del gobierno de este país, iban hacia ese mismo destino, al norte del sur. Los hombres jugaban cartas en el suelo, con su música calipso emanada de unos pequeños parlantes. Las mujeres entretenían a los niños traviesos entre las hamacas. Carlos me decía que en Guyana tendrían la posibilidad de adquirir la ciudadanía francesa en un par de años. Allá deberían bajar el volumen de su música y recogerse antes de las 9 de la noche, cuando la policía recorre la ciudad de Cayena para suspender toda actividad nocturna. A cambio de 1500 euros al mes, quizás valdría la pena. Nos separamos a la entrada del refectorio, donde ocupamos esquinas opuestas en una larga mesa, presidida por Jonas, el más chico de aquél éxodo caribeño y quien con sus ocurrencias en el idioma brasileño, sacó del mutismo a la convención internacional reunida alrededor suyo.

Sin otra ocupación que contemplar las orillas variables del río, más semejante a la geografía de un archipiélago o de un inmenso lago lleno de islas, me acosté temprano. Junto a mí, una joven señora descansaba al lado de sus tres hijos adolescentes. Rápido habíamos notado que uno y otros éramos colombianos. Nacida en Bogotá y criada en Leticia, estaba casada con un funcionario brasileño. Vivían en Sao Paulo de Olivenza, a día y medio de viaje por el río. Trabajadora social antes de ser madre de familia, laboró en la colonia penal de Araracuara, pero con los años se dio cuenta de que el porvenir de Leticia estaba cerrado como en ese infeliz presidio. A su pesar, no dejaba de sufrir el estigma, expresado en la fuerte requisa a la que fue sometida minutos después de zarpar. La ofensa se manifestaba en su afirmación sobre la venalidad de los políticos brasileños, peor que los colombianos, mil veces peor, decía.

Al amanecer del jueves subí a contemplar el sol, rojo bermejo que despuntaba en el oriente. Junto a mi lado estaba Conrado, ingeniero ambiental, oriundo del estado de Amazonas. No pudo haber mejor oportunidad de aprender algo que me alivió la conciencia, luego de mi inoficioso paso por el río. En Leticia había tenido el privilegio de comer unos exquisitos chicharrones de pirarucú, el gran pez amazónico que llega a medir 4 metros y medio. Después supe que había veda del pescado, que se halla en riesgo de extinción. Mi banquete me pesó todo el camino, hasta que la casualidad de conocer a Conrado me aclaró que las políticas de pesca de uno y otro país son diferentes, siendo que en Brasil existe el cultivo artificial en lagos adyacentes al río. Cuando se levanta la veda se permite su captura, siempre y cuando el ejemplar tenga su chip de identificación, que garantiza la edad y estado del animal. Me acordé que mi anfitriona compró el filete que me comí en el mercado de Tabatinga. Sentí que al menos no contribuí con el exterminio del gigante de agua dulce.

Ansiosos por llegar a Manaos después de dos días de lento andar, cada viajero se acomodaba de la mejor manera e intentaba entablar dialogo. Corto de iniciativa, esperaba la hora de la comida para acercarme. Los amazonenses no pierden su tiempo buscando amigos en ese viaje rutinario; de tal modo, lo más probable es terminar hablando con cualquiera que se halle en el mismo plan ocioso del turista. Como en todo lugar de tránsito, el argentino de rigor es sujeto apto para socializar, y siempre tiene un montón de palabras para decir y amigos que presentar. Así confirmé gracias a Fernando, un joven contador tocado con gorra guevarista, que las empanadas colombianas son las más caras del continente. Y también me permitió conocer a un puñado de viajeros. El único interesante era Matías, un austríaco de larga trayectoria en Latinoamérica y quien disputaba a mi nuevo amigo una exótica pieza de la Guajira colombiana. El europeo, armado de potente cámara fotográfica y cándida sonrisa, llevaba la delantera. Semanas después supe que el colonizador ario tomó otro camino y el deslucido botín siguió los andares del gaucho hasta Belén de Pará, en la desembocadura del Amazonas.

Pero entre las personas que pude conocer por obra de Fernando, nadie como el temible vaquero del elefante rosado. Se llamaba Niro, era venezolano e intérprete del reggaetón. Su decisión era conquistar Brasil, pero por el momento su acto se limitaba al inmenso escenario de la cuenca amazónica. Viajaba junto a su disc jockey, quien fue mecánico de aviones hasta que salió despedido de VARIG, tras la quiebra de la emblemática empresa. Luego de tres meses subiendo y bajando por el río, ambos regresaban a Manaos, donde una chiquilla de 5 años recibiría tras larga espera, un elefante de felpa rosado.

A las 11 de la mañana del tercer día surgió la división de las aguas del río Amazonas con el río Negro y al fondo se alzaron las gigantescas grúas del puerto de Manaos.

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